DOMINGO DE PAELLA Y PAPApor Joaquín Jordán
“Sí, sí, sí, el Papa ya está aquí!”“Be ne dic to, oé!!!, Be ne dic to oé!!!”“Esta es la juventud del Papa”

Los gritos vienen desde el salón que hay al fondo del pasillo. Las ventanas del balcón están abiertas de par en par. Es una mañana no demasiado fría del mes de noviembre. Huele a café recién hecho en un piso compartido del Eixample barcelonés. Comienza una  jornada dominical poco habitual para Claudio. Un profesor chileno de Masters on line que lleva 6 años en Barcelona.
“La intención era alquilar este balcón por 200€ junto con otro que tengo en la habitación que da justo a la esquina con Sardenya. Pero al final, vendrán unos amigos”
El negocio de los balcones ha resultado más rentable para los inmuebles más cercanos a la Sagrada Familia. Se han cobrado desde 300€ hasta 500€ por balcón para ver desde un emplazamiento privilegiado la visita del Papa a Barcelona.
Carolina aparece entre bostezos tras la puerta del lavabo. Italiana de nacimiento y recién llegada a Barcelona para aprender castellano. Es tifosi del equipo de su ciudad, la Fiorentina. Las banderas y los cánticos que llegan de las calles guardan un gran paralelismo con los propios de un estadio de fútbol. “Es increíble el despliegue de policías”, comenta antes de encenderse el primer cigarro de la que será una larga mañana.
Sobre la mesa del salón, ensaimadas, croissants y un café -que acabará por enfriarse- esperan, todavía, la llegada de los amigos de Claudio. Vienen para compartir la jornada  y reflexionar en torno al significado de la visita del Papa.
Llega Harold, colombiano, diseñador gráfico del RCD Espanyol que hará del sofá su cama para recuperarse de una larga noche de marcha. Se suma Claudia, de la antigua Alemania del Este que viene de casa tras una ducha reparadora después de una noche movida. Y finalmente Nacho y Jordi que llevan toda la noche repartiendo La Vanguardia por los quioscos de la zona. “Hoy ha sido tirada doble para toda esta zona”, informa Jordi, charcutero de profesión y que acaba de constituir una asociación canábica. “Claudio y yo nos conocimos en un club de lujo”, se confiesa Nacho, “pero no cómo clientes eh!, él era camarero y yo el Disc Jockey”. “Con trabajar allí tres meses junté dinero suficiente para ir a Chile después de acabar mi máster en Dirección de Marketing”, aclara Claudio.
El sol hace su aparición por encima de la fachada de enfrente. Se mezclan las banderas. Desde el amarillo y blanco de la Vaticana, hasta los de la senyera catalana pasando por las distintas pancartas en contra del evento. 
Son las 9 de la mañana y el sonido de los helicópteros cada vez es más molesto. Síntoma de que el recorrido de la comitiva papal pronto llegará a la esquina de la calle.
“Sí, sí, es el segundo primera, ¿te has acordado de la paellera?”. Claudio habla con Pablo, salmantino de nacimiento pero alicantino de adopción, devoto confeso  de la medicina tradicional japonesa que trabaja de topógrafo. Llega con Rosa, que acaba de regresar tras 22 años viviendo en Holanda. Los tres se conocieron haciendo piragüismo en el Ebro. Desde entonces comparten senderismo, escalada y grupo de Facebook para quedadas varias.
Se abre un debate tras el paso del Papamóvil. Sólo se alcanza una conclusión. Todos coinciden en que fue “muy, muy rápido”. “Quizás la segunda vez tengamos más suerte y lo veamos mejor”, concluye Claudio. 
A las dos de la tarde, después de la consagración como basílica de la Sagrada Familia, el Papa recorrerá el camino en sentido contrario para regresar al Arzobispado. Esa será la última  oportunidad para los que se perdieron la primera. Ana, la tercera y más tímida inquilina del piso, argentina, artista restauradora que lleva un año en Barcelona, no querrá perdérsela.
“Alemán. Opulencia. Papa-caca. Rey. Correcaminos. Padre. Soberbia. Estereotipo. Móvil. Yo no participo. Paradoja.” El juego es definir en una palabra lo que significa para ti el Papa.
Una conversación lleva a la otra. Se habla de fe, jerarquía eclesial, poder, devoción y dinero. La multiculturalidad se pone de manifiesto en una reunión que ya ha pasado del café a la cerveza. Del silencio al alboroto. A estas alturas  se han unido también Kervin y Efraín, cirujano cardiaco el primero. Filósofo, economista e historiador el segundo. Efraín, fan de Joaquín Sabina, sufrió un tumor en la cabeza al mismo tiempo que el cantautor pasaba por un ictus cerebral. Habla de la importancia de la fe en ciertos momentos de la vida. “La fe es una cosa muy íntima y personal, se debe  respetar”.
El sol ha ganado definitivamente la batalla. La luz entra cómo una invitada más por los balcones abiertos. Las prendas de abrigo ya sobran y se van apilando sobre la cama de Claudio. Los últimos pedazos del hojaldre de pesto alemán se van acabando. El olor al sofrito que servirá de base para la paella llega desde la cocina. 
Pablo, nuestro maestro arrocero, se justifica y no será quien cocine. Olvidó la paellera. “Hasta ayer no sabía si se alquilaría el balcón y no pude ir a recogerla. Pero otro día repetimos y yo me encargo”. Excusas. Ana y Rosa son las encargadas de preparar, finalmente, el banquete.
El sonido de los helicópteros y el bullicio de la gente anticipan nuevamente la llegada de la comitiva. Esta vez la comanda el coche de los Reyes de España. El vecino de abajo, apoyado en la forja de su balcón, decorado con la bandera independentista, da buena cuenta de un porro de marihuana y manifiesta su clara opinión, “¡Viva la República!”
Tras los reyes, la escolta. Policía, más escolta y más policía. El coche de la televisión precede al Papamóvil. Son apenas unos segundos. 
La multitud se desvanece. Los operarios de limpieza comienzan su trabajo y las calles recuperan el aspecto de cualquier mañana de domingo en el Eixample. La visita del Papa ya es historia. 
Dentro del piso todo son cumplidos a las cocineras. “Gracias, pero hemos hecho un invento, ha salido lo que ha salido”, responden Ana y Rosa, agradecidas. Los platos  no duran llenos mucho tiempo y Harold es el primero en anunciar su retirada. “Hasta la próxima que mañana es lunes y hay que trabajar”.
Se despiden uno a uno. Se emplazan para la siguiente. El piso recupera la calma inicial. Los balcones se cierran. El sol de invierno empieza a retirarse. El silencio gobierna en las calles. Domingo de noviembre.

DOMINGO DE PAELLA Y PAPA
por Joaquín Jordán


Sí, sí, sí, el Papa ya está aquí!”
“Be ne dic to, oé!!!, Be ne dic to oé!!!”
“Esta es la juventud del Papa”


Los gritos vienen desde el salón que hay al fondo del pasillo. Las ventanas del balcón están abiertas de par en par. Es una mañana no demasiado fría del mes de noviembre. Huele a café recién hecho en un piso compartido del Eixample barcelonés. Comienza una  jornada dominical poco habitual para Claudio. Un profesor chileno de Masters on line que lleva 6 años en Barcelona.

“La intención era alquilar este balcón por 200€ junto con otro que tengo en la habitación que da justo a la esquina con Sardenya. Pero al final, vendrán unos amigos”

El negocio de los balcones ha resultado más rentable para los inmuebles más cercanos a la Sagrada Familia. Se han cobrado desde 300€ hasta 500€ por balcón para ver desde un emplazamiento privilegiado la visita del Papa a Barcelona.

Carolina aparece entre bostezos tras la puerta del lavabo. Italiana de nacimiento y recién llegada a Barcelona para aprender castellano. Es tifosi del equipo de su ciudad, la Fiorentina. Las banderas y los cánticos que llegan de las calles guardan un gran paralelismo con los propios de un estadio de fútbol. “Es increíble el despliegue de policías”, comenta antes de encenderse el primer cigarro de la que será una larga mañana.

Sobre la mesa del salón, ensaimadas, croissants y un café -que acabará por enfriarse- esperan, todavía, la llegada de los amigos de Claudio. Vienen para compartir la jornada  y reflexionar en torno al significado de la visita del Papa.

Llega Harold, colombiano, diseñador gráfico del RCD Espanyol que hará del sofá su cama para recuperarse de una larga noche de marcha. Se suma Claudia, de la antigua Alemania del Este que viene de casa tras una ducha reparadora después de una noche movida. Y finalmente Nacho y Jordi que llevan toda la noche repartiendo La Vanguardia por los quioscos de la zona. “Hoy ha sido tirada doble para toda esta zona”, informa Jordi, charcutero de profesión y que acaba de constituir una asociación canábica. “Claudio y yo nos conocimos en un club de lujo”, se confiesa Nacho, “pero no cómo clientes eh!, él era camarero y yo el Disc Jockey”. “Con trabajar allí tres meses junté dinero suficiente para ir a Chile después de acabar mi máster en Dirección de Marketing”, aclara Claudio.

El sol hace su aparición por encima de la fachada de enfrente. Se mezclan las banderas. Desde el amarillo y blanco de la Vaticana, hasta los de la senyera catalana pasando por las distintas pancartas en contra del evento.

Son las 9 de la mañana y el sonido de los helicópteros cada vez es más molesto. Síntoma de que el recorrido de la comitiva papal pronto llegará a la esquina de la calle.

“Sí, sí, es el segundo primera, ¿te has acordado de la paellera?”. Claudio habla con Pablo, salmantino de nacimiento pero alicantino de adopción, devoto confeso  de la medicina tradicional japonesa que trabaja de topógrafo. Llega con Rosa, que acaba de regresar tras 22 años viviendo en Holanda. Los tres se conocieron haciendo piragüismo en el Ebro. Desde entonces comparten senderismo, escalada y grupo de Facebook para quedadas varias.

Se abre un debate tras el paso del Papamóvil. Sólo se alcanza una conclusión. Todos coinciden en que fue “muy, muy rápido”. “Quizás la segunda vez tengamos más suerte y lo veamos mejor”, concluye Claudio.

A las dos de la tarde, después de la consagración como basílica de la Sagrada Familia, el Papa recorrerá el camino en sentido contrario para regresar al Arzobispado. Esa será la última  oportunidad para los que se perdieron la primera. Ana, la tercera y más tímida inquilina del piso, argentina, artista restauradora que lleva un año en Barcelona, no querrá perdérsela.

“Alemán. Opulencia. Papa-caca. Rey. Correcaminos. Padre. Soberbia. Estereotipo. Móvil. Yo no participo. Paradoja.” El juego es definir en una palabra lo que significa para ti el Papa.

Una conversación lleva a la otra. Se habla de fe, jerarquía eclesial, poder, devoción y dinero. La multiculturalidad se pone de manifiesto en una reunión que ya ha pasado del café a la cerveza. Del silencio al alboroto. A estas alturas  se han unido también Kervin y Efraín, cirujano cardiaco el primero. Filósofo, economista e historiador el segundo. Efraín, fan de Joaquín Sabina, sufrió un tumor en la cabeza al mismo tiempo que el cantautor pasaba por un ictus cerebral. Habla de la importancia de la fe en ciertos momentos de la vida. “La fe es una cosa muy íntima y personal, se debe  respetar”.

El sol ha ganado definitivamente la batalla. La luz entra cómo una invitada más por los balcones abiertos. Las prendas de abrigo ya sobran y se van apilando sobre la cama de Claudio. Los últimos pedazos del hojaldre de pesto alemán se van acabando. El olor al sofrito que servirá de base para la paella llega desde la cocina.

Pablo, nuestro maestro arrocero, se justifica y no será quien cocine. Olvidó la paellera. “Hasta ayer no sabía si se alquilaría el balcón y no pude ir a recogerla. Pero otro día repetimos y yo me encargo”. Excusas. Ana y Rosa son las encargadas de preparar, finalmente, el banquete.

El sonido de los helicópteros y el bullicio de la gente anticipan nuevamente la llegada de la comitiva. Esta vez la comanda el coche de los Reyes de España. El vecino de abajo, apoyado en la forja de su balcón, decorado con la bandera independentista, da buena cuenta de un porro de marihuana y manifiesta su clara opinión, “¡Viva la República!”

Tras los reyes, la escolta. Policía, más escolta y más policía. El coche de la televisión precede al Papamóvil. Son apenas unos segundos.

La multitud se desvanece. Los operarios de limpieza comienzan su trabajo y las calles recuperan el aspecto de cualquier mañana de domingo en el Eixample. La visita del Papa ya es historia.

Dentro del piso todo son cumplidos a las cocineras. “Gracias, pero hemos hecho un invento, ha salido lo que ha salido”, responden Ana y Rosa, agradecidas. Los platos  no duran llenos mucho tiempo y Harold es el primero en anunciar su retirada. “Hasta la próxima que mañana es lunes y hay que trabajar”.

Se despiden uno a uno. Se emplazan para la siguiente. El piso recupera la calma inicial. Los balcones se cierran. El sol de invierno empieza a retirarse. El silencio gobierna en las calles. Domingo de noviembre.

DOMINGO DE PAELLA Y PAPApor Joaquín Jordán
“Sí, sí, sí, el Papa ya está aquí!”“Be ne dic to, oé!!!, Be ne dic to oé!!!”“Esta es la juventud del Papa”

Los gritos vienen desde el salón que hay al fondo del pasillo. Las ventanas del balcón están abiertas de par en par. Es una mañana no demasiado fría del mes de noviembre. Huele a café recién hecho en un piso compartido del Eixample barcelonés. Comienza una  jornada dominical poco habitual para Claudio. Un profesor chileno de Masters on line que lleva 6 años en Barcelona.
“La intención era alquilar este balcón por 200€ junto con otro que tengo en la habitación que da justo a la esquina con Sardenya. Pero al final, vendrán unos amigos”
El negocio de los balcones ha resultado más rentable para los inmuebles más cercanos a la Sagrada Familia. Se han cobrado desde 300€ hasta 500€ por balcón para ver desde un emplazamiento privilegiado la visita del Papa a Barcelona.
Carolina aparece entre bostezos tras la puerta del lavabo. Italiana de nacimiento y recién llegada a Barcelona para aprender castellano. Es tifosi del equipo de su ciudad, la Fiorentina. Las banderas y los cánticos que llegan de las calles guardan un gran paralelismo con los propios de un estadio de fútbol. “Es increíble el despliegue de policías”, comenta antes de encenderse el primer cigarro de la que será una larga mañana.
Sobre la mesa del salón, ensaimadas, croissants y un café -que acabará por enfriarse- esperan, todavía, la llegada de los amigos de Claudio. Vienen para compartir la jornada  y reflexionar en torno al significado de la visita del Papa.
Llega Harold, colombiano, diseñador gráfico del RCD Espanyol que hará del sofá su cama para recuperarse de una larga noche de marcha. Se suma Claudia, de la antigua Alemania del Este que viene de casa tras una ducha reparadora después de una noche movida. Y finalmente Nacho y Jordi que llevan toda la noche repartiendo La Vanguardia por los quioscos de la zona. “Hoy ha sido tirada doble para toda esta zona”, informa Jordi, charcutero de profesión y que acaba de constituir una asociación canábica. “Claudio y yo nos conocimos en un club de lujo”, se confiesa Nacho, “pero no cómo clientes eh!, él era camarero y yo el Disc Jockey”. “Con trabajar allí tres meses junté dinero suficiente para ir a Chile después de acabar mi máster en Dirección de Marketing”, aclara Claudio.
El sol hace su aparición por encima de la fachada de enfrente. Se mezclan las banderas. Desde el amarillo y blanco de la Vaticana, hasta los de la senyera catalana pasando por las distintas pancartas en contra del evento. 
Son las 9 de la mañana y el sonido de los helicópteros cada vez es más molesto. Síntoma de que el recorrido de la comitiva papal pronto llegará a la esquina de la calle.
“Sí, sí, es el segundo primera, ¿te has acordado de la paellera?”. Claudio habla con Pablo, salmantino de nacimiento pero alicantino de adopción, devoto confeso  de la medicina tradicional japonesa que trabaja de topógrafo. Llega con Rosa, que acaba de regresar tras 22 años viviendo en Holanda. Los tres se conocieron haciendo piragüismo en el Ebro. Desde entonces comparten senderismo, escalada y grupo de Facebook para quedadas varias.
Se abre un debate tras el paso del Papamóvil. Sólo se alcanza una conclusión. Todos coinciden en que fue “muy, muy rápido”. “Quizás la segunda vez tengamos más suerte y lo veamos mejor”, concluye Claudio. 
A las dos de la tarde, después de la consagración como basílica de la Sagrada Familia, el Papa recorrerá el camino en sentido contrario para regresar al Arzobispado. Esa será la última  oportunidad para los que se perdieron la primera. Ana, la tercera y más tímida inquilina del piso, argentina, artista restauradora que lleva un año en Barcelona, no querrá perdérsela.
“Alemán. Opulencia. Papa-caca. Rey. Correcaminos. Padre. Soberbia. Estereotipo. Móvil. Yo no participo. Paradoja.” El juego es definir en una palabra lo que significa para ti el Papa.
Una conversación lleva a la otra. Se habla de fe, jerarquía eclesial, poder, devoción y dinero. La multiculturalidad se pone de manifiesto en una reunión que ya ha pasado del café a la cerveza. Del silencio al alboroto. A estas alturas  se han unido también Kervin y Efraín, cirujano cardiaco el primero. Filósofo, economista e historiador el segundo. Efraín, fan de Joaquín Sabina, sufrió un tumor en la cabeza al mismo tiempo que el cantautor pasaba por un ictus cerebral. Habla de la importancia de la fe en ciertos momentos de la vida. “La fe es una cosa muy íntima y personal, se debe  respetar”.
El sol ha ganado definitivamente la batalla. La luz entra cómo una invitada más por los balcones abiertos. Las prendas de abrigo ya sobran y se van apilando sobre la cama de Claudio. Los últimos pedazos del hojaldre de pesto alemán se van acabando. El olor al sofrito que servirá de base para la paella llega desde la cocina. 
Pablo, nuestro maestro arrocero, se justifica y no será quien cocine. Olvidó la paellera. “Hasta ayer no sabía si se alquilaría el balcón y no pude ir a recogerla. Pero otro día repetimos y yo me encargo”. Excusas. Ana y Rosa son las encargadas de preparar, finalmente, el banquete.
El sonido de los helicópteros y el bullicio de la gente anticipan nuevamente la llegada de la comitiva. Esta vez la comanda el coche de los Reyes de España. El vecino de abajo, apoyado en la forja de su balcón, decorado con la bandera independentista, da buena cuenta de un porro de marihuana y manifiesta su clara opinión, “¡Viva la República!”
Tras los reyes, la escolta. Policía, más escolta y más policía. El coche de la televisión precede al Papamóvil. Son apenas unos segundos. 
La multitud se desvanece. Los operarios de limpieza comienzan su trabajo y las calles recuperan el aspecto de cualquier mañana de domingo en el Eixample. La visita del Papa ya es historia. 
Dentro del piso todo son cumplidos a las cocineras. “Gracias, pero hemos hecho un invento, ha salido lo que ha salido”, responden Ana y Rosa, agradecidas. Los platos  no duran llenos mucho tiempo y Harold es el primero en anunciar su retirada. “Hasta la próxima que mañana es lunes y hay que trabajar”.
Se despiden uno a uno. Se emplazan para la siguiente. El piso recupera la calma inicial. Los balcones se cierran. El sol de invierno empieza a retirarse. El silencio gobierna en las calles. Domingo de noviembre.

DOMINGO DE PAELLA Y PAPA
por Joaquín Jordán


Sí, sí, sí, el Papa ya está aquí!”
“Be ne dic to, oé!!!, Be ne dic to oé!!!”
“Esta es la juventud del Papa”


Los gritos vienen desde el salón que hay al fondo del pasillo. Las ventanas del balcón están abiertas de par en par. Es una mañana no demasiado fría del mes de noviembre. Huele a café recién hecho en un piso compartido del Eixample barcelonés. Comienza una  jornada dominical poco habitual para Claudio. Un profesor chileno de Masters on line que lleva 6 años en Barcelona.

“La intención era alquilar este balcón por 200€ junto con otro que tengo en la habitación que da justo a la esquina con Sardenya. Pero al final, vendrán unos amigos”

El negocio de los balcones ha resultado más rentable para los inmuebles más cercanos a la Sagrada Familia. Se han cobrado desde 300€ hasta 500€ por balcón para ver desde un emplazamiento privilegiado la visita del Papa a Barcelona.

Carolina aparece entre bostezos tras la puerta del lavabo. Italiana de nacimiento y recién llegada a Barcelona para aprender castellano. Es tifosi del equipo de su ciudad, la Fiorentina. Las banderas y los cánticos que llegan de las calles guardan un gran paralelismo con los propios de un estadio de fútbol. “Es increíble el despliegue de policías”, comenta antes de encenderse el primer cigarro de la que será una larga mañana.

Sobre la mesa del salón, ensaimadas, croissants y un café -que acabará por enfriarse- esperan, todavía, la llegada de los amigos de Claudio. Vienen para compartir la jornada  y reflexionar en torno al significado de la visita del Papa.

Llega Harold, colombiano, diseñador gráfico del RCD Espanyol que hará del sofá su cama para recuperarse de una larga noche de marcha. Se suma Claudia, de la antigua Alemania del Este que viene de casa tras una ducha reparadora después de una noche movida. Y finalmente Nacho y Jordi que llevan toda la noche repartiendo La Vanguardia por los quioscos de la zona. “Hoy ha sido tirada doble para toda esta zona”, informa Jordi, charcutero de profesión y que acaba de constituir una asociación canábica. “Claudio y yo nos conocimos en un club de lujo”, se confiesa Nacho, “pero no cómo clientes eh!, él era camarero y yo el Disc Jockey”. “Con trabajar allí tres meses junté dinero suficiente para ir a Chile después de acabar mi máster en Dirección de Marketing”, aclara Claudio.

El sol hace su aparición por encima de la fachada de enfrente. Se mezclan las banderas. Desde el amarillo y blanco de la Vaticana, hasta los de la senyera catalana pasando por las distintas pancartas en contra del evento.

Son las 9 de la mañana y el sonido de los helicópteros cada vez es más molesto. Síntoma de que el recorrido de la comitiva papal pronto llegará a la esquina de la calle.

“Sí, sí, es el segundo primera, ¿te has acordado de la paellera?”. Claudio habla con Pablo, salmantino de nacimiento pero alicantino de adopción, devoto confeso  de la medicina tradicional japonesa que trabaja de topógrafo. Llega con Rosa, que acaba de regresar tras 22 años viviendo en Holanda. Los tres se conocieron haciendo piragüismo en el Ebro. Desde entonces comparten senderismo, escalada y grupo de Facebook para quedadas varias.

Se abre un debate tras el paso del Papamóvil. Sólo se alcanza una conclusión. Todos coinciden en que fue “muy, muy rápido”. “Quizás la segunda vez tengamos más suerte y lo veamos mejor”, concluye Claudio.

A las dos de la tarde, después de la consagración como basílica de la Sagrada Familia, el Papa recorrerá el camino en sentido contrario para regresar al Arzobispado. Esa será la última  oportunidad para los que se perdieron la primera. Ana, la tercera y más tímida inquilina del piso, argentina, artista restauradora que lleva un año en Barcelona, no querrá perdérsela.

“Alemán. Opulencia. Papa-caca. Rey. Correcaminos. Padre. Soberbia. Estereotipo. Móvil. Yo no participo. Paradoja.” El juego es definir en una palabra lo que significa para ti el Papa.

Una conversación lleva a la otra. Se habla de fe, jerarquía eclesial, poder, devoción y dinero. La multiculturalidad se pone de manifiesto en una reunión que ya ha pasado del café a la cerveza. Del silencio al alboroto. A estas alturas  se han unido también Kervin y Efraín, cirujano cardiaco el primero. Filósofo, economista e historiador el segundo. Efraín, fan de Joaquín Sabina, sufrió un tumor en la cabeza al mismo tiempo que el cantautor pasaba por un ictus cerebral. Habla de la importancia de la fe en ciertos momentos de la vida. “La fe es una cosa muy íntima y personal, se debe  respetar”.

El sol ha ganado definitivamente la batalla. La luz entra cómo una invitada más por los balcones abiertos. Las prendas de abrigo ya sobran y se van apilando sobre la cama de Claudio. Los últimos pedazos del hojaldre de pesto alemán se van acabando. El olor al sofrito que servirá de base para la paella llega desde la cocina.

Pablo, nuestro maestro arrocero, se justifica y no será quien cocine. Olvidó la paellera. “Hasta ayer no sabía si se alquilaría el balcón y no pude ir a recogerla. Pero otro día repetimos y yo me encargo”. Excusas. Ana y Rosa son las encargadas de preparar, finalmente, el banquete.

El sonido de los helicópteros y el bullicio de la gente anticipan nuevamente la llegada de la comitiva. Esta vez la comanda el coche de los Reyes de España. El vecino de abajo, apoyado en la forja de su balcón, decorado con la bandera independentista, da buena cuenta de un porro de marihuana y manifiesta su clara opinión, “¡Viva la República!”

Tras los reyes, la escolta. Policía, más escolta y más policía. El coche de la televisión precede al Papamóvil. Son apenas unos segundos.

La multitud se desvanece. Los operarios de limpieza comienzan su trabajo y las calles recuperan el aspecto de cualquier mañana de domingo en el Eixample. La visita del Papa ya es historia.

Dentro del piso todo son cumplidos a las cocineras. “Gracias, pero hemos hecho un invento, ha salido lo que ha salido”, responden Ana y Rosa, agradecidas. Los platos  no duran llenos mucho tiempo y Harold es el primero en anunciar su retirada. “Hasta la próxima que mañana es lunes y hay que trabajar”.

Se despiden uno a uno. Se emplazan para la siguiente. El piso recupera la calma inicial. Los balcones se cierran. El sol de invierno empieza a retirarse. El silencio gobierna en las calles. Domingo de noviembre.

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Notes:

  1. youdoc posted this

¿Qué es youdoc?

Mira. Aprende. Colabora. Documenta. Y comunica.

Youdoc se concibe como un contenedor de propuestas documentales que apuestan por hibridar disciplinas y formatos.


Keywords: Documental. Nodo. Acción colaborativa.

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"Barcelona, dividida ante la visita de Benedicto XVI" es el primer proyecto que alberga youdoc.
Concepto y coordinación: Alberto Arce.
Realización: Alberto Arce, Arianna Giménez, Cristina Carulla, Edgar Melo, Joaquín Jordán, Jordi Domenech, Mariano Re, Marta Casas, Neus Solà, Roberto Amado, Victor Tapia y David Datzira