EL RUEDO CATÓLICOCRÓNICA DE UN DOMINGO HISTÓRICO EN LA CIUDAD DE BARCELONApor Neus Solà
La ciudad empieza a despertarse con el murmullo de las primeras almas matutinas del barrio barcelonés de l’Eixample. En el ambiente se nota un no-se-qué exquisito que rompe con la normalidad cotidiana. Nadie diría que es domingo. Pero lo es.
Doblo la esquina y se abre el telón. Un extenso cordón 
policial recorre gran parte de la calle Diputació de Barcelona. También hay un comité de personas que minuto a minuto se desparrama a lo largo de las quilométricas vallas que marcarán el paso del Beato Pontífice. Poco a poco la ciudad se tiñe de blanco y
 amarillo, de caras apacibles y ojos brillantes que muestran la 
impaciencia de que algo grande está por llegar. Globos aerostáticos
 que ansían tocar el cielo. Banderolas bicolores empuñadas por manos fervorosas.
“En la Uni verían más normal decir que tomo crack, que ser católico
practicante” dice Guillem, estudiante de ingeniería de veintiún años.
“Hoy en día la cosa más revolucionaria que puedes hacer en el mundo es
 hacerte católico, mucho más que…vamos…ser de ETA”, añade con una 
carcajada su compañero Joan, estudiante de periodismo de dieciocho
años. Tanto Guillem como Jordi y su compañero Ignasi, sienten el
 orgullo de ser uno de los 2.000 voluntarios que participan en el 
evento de la visita papal. Saben que la dualidad de ser joven y
 católico no está de moda por lo que, a menudo, les cuesta confesarse como creyentes por miedo a las reacciones ajenas. “Es muy difícil en el contexto social actual. Pero para mí, la visita del Papa es un hecho histórico”, dice Ignasi con una mueca cómplice
 mientras una mano ajena le devuelve con indiferencia una banderola. “¿Ves?”
En los alrededores de la plaza de toros, la multitud se enmarca dentro
 del espacio impuesto por las dos pantallas en las que será 
retransmitido el acto de Consagración de la Basílica de la Sagrada
Familia. La calle Marina se presenta como un campo de batalla
 simbólica. Por un lado, los devotos se juntan entre sonrisas y 
griteríos alabando al Papa. “¡¡Viva el Papa!!!”, “¡¡¡Beeeee-ne-dic-to!!!”, gritan al unísono mientras chocan sus dos palmas. Aún así, también en algunos balcones pueden leerse los testimonios de los ausentes: “Condoms save lives”,
“Amagueu els nens”, “La verdad os hará libres, la mentira creyentes”, “Papa Anticristo”, “Jo no t’espero”.
A lo lejos aparece una anciana de pelo blanco y de cara entrañable. Camina 
lentamente, desplazándose apoyada sobre algo parecido a un carrito en el que se sustentan dos carteles. Consigo leer: “SANTO PADRE. Ya son diez años
 que estoy pidiendo socorro para protegerme. Usted sabe lo que Dios ha 
cumplido en mi cuerpo: “La profecía de Isaías”. Sabes que estoy
 controlada por satélite, que soy muerta viva y que mi cuerpo está
 violado 24 horas. PIDO AYUDA AL MUNDO ENTERO”. Ella es Mimouna 
Mazougui, una mujer francomarroquí que se presenta a sí misma como 
mártir y fiel sirviente de Dios. A juzgar por lo que cuenta, tiene 
alma de mística. “Estoy programada. Codificada. Me hacen boom con un botón y me 
explotan como las torres de Nueva York”, dice con una lágrima en los 
ojos. ¿Por quién? “Sarkozy, Bush, Israel, la Nasa…me han puesto un 
chip en el cerebro”. ¿Para qué?, pregunto de nuevo. “¡¡Me han puesto un código 
a causa de mi vida espiritual!!”, responde con su voz temblorosa de
 acento francés. Acto seguido me muestra unos mapas del Vaticano. Luego, una tira interminable de certificados de correos. También un
 artículo datado en el 2007 del periódico el Correo Gallego en el que puede leerse: “Una mujer de 77 años peregrina desde Francia con su andador”. Me acerca 
una hoja. Se la firmo.
En la puerta principal de la Monumental me recibe Francisco, el 
conserje de la plaza que habitualmente se ocupa del cuidado de los toros antes de las corridas. El recinto aparece medio vacío. Como mucho, hay unos 6.000 de los 15.000 asistentes que lograron conseguir una acreditación en el arzobispado. Ocupan sólo media esfera de las gradas de la palestra orientada a la más grande de las dos pantallas que coronan el espacio. En el arenal, centenares de sillas reposan en fila. Abundan las banderas españolas, pero también las catalanas. Cruces, banderolas cristianas y vaticanas, posters del Papa, rosarios, evangelios, misales. También familias. Ancianos, 
jóvenes y niños. Muchos niños.
Poco a poco el ambiente se anima. ¡¡¡Oooooooooééé!!! ¡¡¡Oooooooééé!!!
 Gritan los inquilinos de las gradas mientras se levantan en efecto
 dominó con las manos tendidas hacia el cielo. Es la ola ultra
católica. Una communitas perfecta. Dentro de ella, todo son sonrisas, buenas 
palabras y elegantes ropas. Muchos han venido en grupo desde las 
parroquias locales o desde asociaciones católicas como los Legionarios 
de Cristo, la Soberana Orden de Malta, el Opus Dei o el Camino 
Neocatecumental. También abundan los que han venido desde diferentes partes 
del país, como el caso de un grupo de seminaristas diocesanos que afirman
 que “el Papa es bueno porque lo enseña todo con caridad y verdad, y esto nos hace libres”. “El papa es intelectualmente y humanamente un
 genio”. Concluye Raymund, otro seminarista de origen Filipino de veinticinco años.
 
Amalia, una niña de trece años con el rostro pintado de amarillo y blanco comparte este día con sus amigas de un club del Opus Dei de Girona. “Es muy divertido. Montamos a caballo y  hacemos muchas actividades y cosas buenas estando más cerca de Jesús”. Afirma la niña con una sonrisa apacible mientras observa orgullosa la imagen del Papa en la pantalla. “El Papa es un modelo a seguir. Es Jesucristo en la tierra. Y esto es una oportunidad única”, dice, mientras la Plaza entera se alza al unísono entre aplausos y gritos cuando ven subir a Benedicto XVI en el papamóvil. ¿Qué piensas de la homosexualidad? “Esto no está bien. Un hombre y otro hombre no pueden
 hacer nada. Pueden ser mejores amigos, eso sí, pero esto es algo de otro mundo.
 Es contrario a Dios”. ¿Y el aborto? “La gente piensa que una semillita no tiene 
alma. Pero sí tiene y si la matas, pecas porque estas faltando al mandamiento de 
Dios que dice: no mates”.
 
El griterío va aumentando de tono. En el ruedo, se ve a un niño que luce una montera de torero combinada con una bandera catalana. “¡Es…tos son los 2 niños del papa!” grita reiteradamente el grupo de seminaristas latinos mientras señalan a dos de los hijos de la familia Viganego. Piero Viganego, de cuarenta y cinco años, pertenece a la parroquia de la Floresta. Ha venido con su mujer y sus cuatro hijos para gozar de este evento único. “Todo el mundo necesita un padre, sobre todo en estos momentos tan difíciles”. Dice su mujer con voz pausada.
Una fila de curas se dispone a salir por el estribo o callejón, espacio habitualmente reservado a los toreros para refugiarse del animal. Se genera una cola infinita de participantes dispuestos a recibir la comulgación. Algunos de ellos se arrodillan ante el cura. Otros, prefieren cerrar los ojos para sentir la bendición de Dios. “Amén”, concluyen mientras abren la boca para recibir la hostia sagrada.
La hermana María José pertenece a la Obra Misionera Jesús y María de Logroño. Tiene veintinueve años y lleva diez años ejerciendo de monja. También lleva otros tres años trabajando como enfermera en una residencia de ancianos de Zaragoza. “La sociedad ha cambiado y ahora hay mucha ignorancia en el aspecto religioso”, afirma mientras acomoda delicadamente su hábito. “La iglesia se va renovando. Pero despacito. Tiene que ser así, porque cualquier cambio de la iglesia hay que pensarlo muy bien para no dar un paso en falso…porque ahí sí que te juzgan mal”. María José explica sonriente el hecho de que su mejor amiga sea musulmana mientras se diluye entre la multitud no sin antes haberme obsequiado con una reliquia de la Beata María Pilar Izquierdo Albero, fundadora de la Orden de Jesús. “A  los 22 años quedó paralítica, ciega, sorda y con numerosos tumores. Al cabo de diez años curó milagrosamente”. Leo en una estampita de la Orden que anteriormente me dio su compañera.
El papamóvil ha pasado fugazmente pero fuera del recinto la gente continua su festejo. “Noooo…esto no está bien hecho. Lo vas a sacar porque dice lo que tú quieres”. Me dice una mujer al ver que entrevisto a un chico poco convencido de su fe papal. “Si usted quiere dar su opinión…”.”Ya la ves!”, responde orgullosa mientras observa las imágenes de la pantalla. “Mire usted señora, usted tiene la vida resuelta. Nosotros somos jóvenes y que tengamos que pagar el gasto con la crisis que hay…”, le contesta el chico con muy bueno modales.
“Soy del barrio y he venido a ver los acontecimientos. Está todo muy bien hecho. Hay un despliegue enorme de medios. Pero hay una contrapartida y es que se han gastado un montón de dinero aquí habiendo gente que se muere de hambre”, comenta Claude de cincuenta y cinco años, comerciante francés afincado en Barcelona desde hace más de treinta años. “El Papa no es un representante de Dios en la tierra. Es un hombre político elegido por unos obispos que son también hombres políticos”. No muy lejos, Sofía, que ha escuchado el testimonio de Claude, le observa con cara de pocos amigos mientras coloca su mano en uno de los extremos de la boca para que se la oiga mejor. “Viva el Papaaaaaaaa!! ¡¡Sí, sí, síííí el Papa ya está aquí!!”. Claude la mira sonriendo. “Respeto mucho la religión y lo que piensa la gente. He tenido educación católica, pero ahora vivo en el ser humano” (ríe). Pero Sofía lo corta animando a su grupo a unirse con ella. “¡Este Papa como mola esto se merece una ola!” “¡¡Oééééé!!” Gritan todos a su alrededor. La euforia se contagia y Claude desaparece subiendo las cejas entre carcajadas mientras eleva sus brazos en un gesto de impotencia.
“Estoy súper contenta. Tengo aquí todo mi equipo”. Dice Sofía, de veintitrés años e integrante de un club del Opus Dei de Valencia. “¡¡Oééééé!!” Responden en eco sus compañeras mientras alzan al aire una bandera española gigante. “Hay mucha gente que todavía no ha descubierto lo que es la fe cristiana, pero poco a poco, si abre el corazón, la irá descubriendo. Merece la pena”. Concluye. “El Opus Dei es un camino de santidad en el trabajo. Si rezamos y vivimos una vida cristiana, podremos llegar al cielo y ver al señor cara a cara”. Explica con devoción.
La calle presenta ahora una estética desolada. Son casi las 14.30h del mediodía y parece que las tripas empiezan a rugir. Los pocos que quedan, se agrupan ahora en pequeños comités aislados, como un grupo del Camino Neocatecomunal que baila alrededor de un chico que canta al son de una guitarra con una voz rota y afónica, secuela de la anterior descarga emocional al paso del Papa.
En este momento aparece Marco, un chico italiano de unos treinta y largos, que luce una peculiar vestimenta y una bicicleta cargada de cajas con transistores y bolsas. Se define a sí mismo como trotamundos y artista callejero. Viste un gorro de lana y un chaleco de colorines. También una camisa mejicana combinada con unos pantalones al estilo boliviano. “¿Qué piensas de la Visita del Papa?”, le pregunto. “¡Que le zurzan! Tengo dos amigas okupas que las desalojaron por vivir dentro del recorrido del Papa”, dice mientras se queja de las miradas que recibe de un grupo de niños vestidos con camisas Burberrys.  El asfalto deja entrever las huellas de lo que fue una communitas efímera: carteles y panfletos con el rostro del Beato Pontífice, estampitas de la Virgen María y algún que otro condón.

EL RUEDO CATÓLICO
CRÓNICA DE UN DOMINGO HISTÓRICO EN LA CIUDAD DE BARCELONA
por Neus Solà

La ciudad empieza a despertarse con el murmullo de las primeras almas matutinas del barrio barcelonés de l’Eixample. En el ambiente se nota un no-se-qué exquisito que rompe con la normalidad cotidiana. Nadie diría que es domingo. Pero lo es.

Doblo la esquina y se abre el telón. Un extenso cordón 
policial recorre gran parte de la calle Diputació de Barcelona. También hay un comité de personas que minuto a minuto se desparrama a lo largo de las quilométricas vallas que marcarán el paso del Beato Pontífice. Poco a poco la ciudad se tiñe de blanco y
 amarillo, de caras apacibles y ojos brillantes que muestran la 
impaciencia de que algo grande está por llegar. Globos aerostáticos
 que ansían tocar el cielo. Banderolas bicolores empuñadas por manos fervorosas.

“En la Uni verían más normal decir que tomo crack, que ser católico
practicante” dice Guillem, estudiante de ingeniería de veintiún años.
“Hoy en día la cosa más revolucionaria que puedes hacer en el mundo es
 hacerte católico, mucho más que…vamos…ser de ETA”, añade con una 
carcajada su compañero Joan, estudiante de periodismo de dieciocho
años. Tanto Guillem como Jordi y su compañero Ignasi, sienten el
 orgullo de ser uno de los 2.000 voluntarios que participan en el 
evento de la visita papal. Saben que la dualidad de ser joven y
 católico no está de moda por lo que, a menudo, les cuesta confesarse como creyentes por miedo a las reacciones ajenas. “Es muy difícil en el contexto social actual. Pero para mí, la visita del Papa es un hecho histórico”, dice Ignasi con una mueca cómplice
 mientras una mano ajena le devuelve con indiferencia una banderola. “¿Ves?”

En los alrededores de la plaza de toros, la multitud se enmarca dentro
 del espacio impuesto por las dos pantallas en las que será 
retransmitido el acto de Consagración de la Basílica de la Sagrada
Familia. La calle Marina se presenta como un campo de batalla
 simbólica. Por un lado, los devotos se juntan entre sonrisas y 
griteríos alabando al Papa. “¡¡Viva el Papa!!!”, “¡¡¡Beeeee-ne-dic-to!!!”, gritan al unísono mientras chocan sus dos palmas. Aún así, también en algunos balcones pueden leerse los testimonios de los ausentes: “Condoms save lives”,
“Amagueu els nens”, “La verdad os hará libres, la mentira creyentes”, “Papa Anticristo”, “Jo no t’espero”.

A lo lejos aparece una anciana de pelo blanco y de cara entrañable. Camina 
lentamente, desplazándose apoyada sobre algo parecido a un carrito en el que se sustentan dos carteles. Consigo leer: “SANTO PADRE. Ya son diez años
 que estoy pidiendo socorro para protegerme. Usted sabe lo que Dios ha 
cumplido en mi cuerpo: “La profecía de Isaías”. Sabes que estoy
 controlada por satélite, que soy muerta viva y que mi cuerpo está
 violado 24 horas. PIDO AYUDA AL MUNDO ENTERO”. Ella es Mimouna 
Mazougui, una mujer francomarroquí que se presenta a sí misma como 
mártir y fiel sirviente de Dios. A juzgar por lo que cuenta, tiene 
alma de mística. “Estoy programada. Codificada. Me hacen boom con un botón y me 
explotan como las torres de Nueva York”, dice con una lágrima en los 
ojos. ¿Por quién? “Sarkozy, Bush, Israel, la Nasa…me han puesto un 
chip en el cerebro”. ¿Para qué?, pregunto de nuevo. “¡¡Me han puesto un código 
a causa de mi vida espiritual!!”, responde con su voz temblorosa de
 acento francés. Acto seguido me muestra unos mapas del Vaticano. Luego, una tira interminable de certificados de correos. También un
 artículo datado en el 2007 del periódico el Correo Gallego en el que puede leerse: “Una mujer de 77 años peregrina desde Francia con su andador”. Me acerca 
una hoja. Se la firmo.

En la puerta principal de la Monumental me recibe Francisco, el 
conserje de la plaza que habitualmente se ocupa del cuidado de los toros antes de las corridas. El recinto aparece medio vacío. Como mucho, hay unos 6.000 de los 15.000 asistentes que lograron conseguir una acreditación en el arzobispado. Ocupan sólo media esfera de las gradas de la palestra orientada a la más grande de las dos pantallas que coronan el espacio. En el arenal, centenares de sillas reposan en fila. Abundan las banderas españolas, pero también las catalanas. Cruces, banderolas cristianas y vaticanas, posters del Papa, rosarios, evangelios, misales. También familias. Ancianos, 
jóvenes y niños. Muchos niños.

Poco a poco el ambiente se anima. ¡¡¡Oooooooooééé!!! ¡¡¡Oooooooééé!!!
 Gritan los inquilinos de las gradas mientras se levantan en efecto
 dominó con las manos tendidas hacia el cielo. Es la ola ultra
católica. Una communitas perfecta. Dentro de ella, todo son sonrisas, buenas 
palabras y elegantes ropas. Muchos han venido en grupo desde las 
parroquias locales o desde asociaciones católicas como los Legionarios 
de Cristo, la Soberana Orden de Malta, el Opus Dei o el Camino 
Neocatecumental. También abundan los que han venido desde diferentes partes 
del país, como el caso de un grupo de seminaristas diocesanos que afirman
 que “el Papa es bueno porque lo enseña todo con caridad y verdad, y esto nos hace libres”. “El papa es intelectualmente y humanamente un
 genio”. Concluye Raymund, otro seminarista de origen Filipino de veinticinco años.
 

Amalia, una niña de trece años con el rostro pintado de amarillo y blanco comparte este día con sus amigas de un club del Opus Dei de Girona. “Es muy divertido. Montamos a caballo y  hacemos muchas actividades y cosas buenas estando más cerca de Jesús”. Afirma la niña con una sonrisa apacible mientras observa orgullosa la imagen del Papa en la pantalla. “El Papa es un modelo a seguir. Es Jesucristo en la tierra. Y esto es una oportunidad única”, dice, mientras la Plaza entera se alza al unísono entre aplausos y gritos cuando ven subir a Benedicto XVI en el papamóvil. ¿Qué piensas de la homosexualidad? “Esto no está bien. Un hombre y otro hombre no pueden
 hacer nada. Pueden ser mejores amigos, eso sí, pero esto es algo de otro mundo.
 Es contrario a Dios”. ¿Y el aborto? “La gente piensa que una semillita no tiene 
alma. Pero sí tiene y si la matas, pecas porque estas faltando al mandamiento de 
Dios que dice: no mates”.
 

El griterío va aumentando de tono. En el ruedo, se ve a un niño que luce una montera de torero combinada con una bandera catalana. “¡Es…tos son los 2 niños del papa!” grita reiteradamente el grupo de seminaristas latinos mientras señalan a dos de los hijos de la familia Viganego. Piero Viganego, de cuarenta y cinco años, pertenece a la parroquia de la Floresta. Ha venido con su mujer y sus cuatro hijos para gozar de este evento único. “Todo el mundo necesita un padre, sobre todo en estos momentos tan difíciles”. Dice su mujer con voz pausada.

Una fila de curas se dispone a salir por el estribo o callejón, espacio habitualmente reservado a los toreros para refugiarse del animal. Se genera una cola infinita de participantes dispuestos a recibir la comulgación. Algunos de ellos se arrodillan ante el cura. Otros, prefieren cerrar los ojos para sentir la bendición de Dios. “Amén”, concluyen mientras abren la boca para recibir la hostia sagrada.

La hermana María José pertenece a la Obra Misionera Jesús y María de Logroño. Tiene veintinueve años y lleva diez años ejerciendo de monja. También lleva otros tres años trabajando como enfermera en una residencia de ancianos de Zaragoza. “La sociedad ha cambiado y ahora hay mucha ignorancia en el aspecto religioso”, afirma mientras acomoda delicadamente su hábito. “La iglesia se va renovando. Pero despacito. Tiene que ser así, porque cualquier cambio de la iglesia hay que pensarlo muy bien para no dar un paso en falso…porque ahí sí que te juzgan mal”. María José explica sonriente el hecho de que su mejor amiga sea musulmana mientras se diluye entre la multitud no sin antes haberme obsequiado con una reliquia de la Beata María Pilar Izquierdo Albero, fundadora de la Orden de Jesús. “A  los 22 años quedó paralítica, ciega, sorda y con numerosos tumores. Al cabo de diez años curó milagrosamente”. Leo en una estampita de la Orden que anteriormente me dio su compañera.

El papamóvil ha pasado fugazmente pero fuera del recinto la gente continua su festejo. “Noooo…esto no está bien hecho. Lo vas a sacar porque dice lo que tú quieres”. Me dice una mujer al ver que entrevisto a un chico poco convencido de su fe papal. “Si usted quiere dar su opinión…”.”Ya la ves!”, responde orgullosa mientras observa las imágenes de la pantalla. “Mire usted señora, usted tiene la vida resuelta. Nosotros somos jóvenes y que tengamos que pagar el gasto con la crisis que hay…”, le contesta el chico con muy bueno modales.

“Soy del barrio y he venido a ver los acontecimientos. Está todo muy bien hecho. Hay un despliegue enorme de medios. Pero hay una contrapartida y es que se han gastado un montón de dinero aquí habiendo gente que se muere de hambre”, comenta Claude de cincuenta y cinco años, comerciante francés afincado en Barcelona desde hace más de treinta años. “El Papa no es un representante de Dios en la tierra. Es un hombre político elegido por unos obispos que son también hombres políticos”. No muy lejos, Sofía, que ha escuchado el testimonio de Claude, le observa con cara de pocos amigos mientras coloca su mano en uno de los extremos de la boca para que se la oiga mejor. “Viva el Papaaaaaaaa!! ¡¡Sí, sí, síííí el Papa ya está aquí!!”. Claude la mira sonriendo. “Respeto mucho la religión y lo que piensa la gente. He tenido educación católica, pero ahora vivo en el ser humano” (ríe). Pero Sofía lo corta animando a su grupo a unirse con ella. “¡Este Papa como mola esto se merece una ola!” “¡¡Oééééé!!” Gritan todos a su alrededor. La euforia se contagia y Claude desaparece subiendo las cejas entre carcajadas mientras eleva sus brazos en un gesto de impotencia.

“Estoy súper contenta. Tengo aquí todo mi equipo”. Dice Sofía, de veintitrés años e integrante de un club del Opus Dei de Valencia. “¡¡Oééééé!!” Responden en eco sus compañeras mientras alzan al aire una bandera española gigante. “Hay mucha gente que todavía no ha descubierto lo que es la fe cristiana, pero poco a poco, si abre el corazón, la irá descubriendo. Merece la pena”. Concluye. “El Opus Dei es un camino de santidad en el trabajo. Si rezamos y vivimos una vida cristiana, podremos llegar al cielo y ver al señor cara a cara”. Explica con devoción.

La calle presenta ahora una estética desolada. Son casi las 14.30h del mediodía y parece que las tripas empiezan a rugir. Los pocos que quedan, se agrupan ahora en pequeños comités aislados, como un grupo del Camino Neocatecomunal que baila alrededor de un chico que canta al son de una guitarra con una voz rota y afónica, secuela de la anterior descarga emocional al paso del Papa.

En este momento aparece Marco, un chico italiano de unos treinta y largos, que luce una peculiar vestimenta y una bicicleta cargada de cajas con transistores y bolsas. Se define a sí mismo como trotamundos y artista callejero. Viste un gorro de lana y un chaleco de colorines. También una camisa mejicana combinada con unos pantalones al estilo boliviano. “¿Qué piensas de la Visita del Papa?”, le pregunto. “¡Que le zurzan! Tengo dos amigas okupas que las desalojaron por vivir dentro del recorrido del Papa”, dice mientras se queja de las miradas que recibe de un grupo de niños vestidos con camisas Burberrys.  El asfalto deja entrever las huellas de lo que fue una communitas efímera: carteles y panfletos con el rostro del Beato Pontífice, estampitas de la Virgen María y algún que otro condón.


EL RUEDO CATÓLICOCRÓNICA DE UN DOMINGO HISTÓRICO EN LA CIUDAD DE BARCELONApor Neus Solà
La ciudad empieza a despertarse con el murmullo de las primeras almas matutinas del barrio barcelonés de l’Eixample. En el ambiente se nota un no-se-qué exquisito que rompe con la normalidad cotidiana. Nadie diría que es domingo. Pero lo es.
Doblo la esquina y se abre el telón. Un extenso cordón 
policial recorre gran parte de la calle Diputació de Barcelona. También hay un comité de personas que minuto a minuto se desparrama a lo largo de las quilométricas vallas que marcarán el paso del Beato Pontífice. Poco a poco la ciudad se tiñe de blanco y
 amarillo, de caras apacibles y ojos brillantes que muestran la 
impaciencia de que algo grande está por llegar. Globos aerostáticos
 que ansían tocar el cielo. Banderolas bicolores empuñadas por manos fervorosas.
“En la Uni verían más normal decir que tomo crack, que ser católico
practicante” dice Guillem, estudiante de ingeniería de veintiún años.
“Hoy en día la cosa más revolucionaria que puedes hacer en el mundo es
 hacerte católico, mucho más que…vamos…ser de ETA”, añade con una 
carcajada su compañero Joan, estudiante de periodismo de dieciocho
años. Tanto Guillem como Jordi y su compañero Ignasi, sienten el
 orgullo de ser uno de los 2.000 voluntarios que participan en el 
evento de la visita papal. Saben que la dualidad de ser joven y
 católico no está de moda por lo que, a menudo, les cuesta confesarse como creyentes por miedo a las reacciones ajenas. “Es muy difícil en el contexto social actual. Pero para mí, la visita del Papa es un hecho histórico”, dice Ignasi con una mueca cómplice
 mientras una mano ajena le devuelve con indiferencia una banderola. “¿Ves?”
En los alrededores de la plaza de toros, la multitud se enmarca dentro
 del espacio impuesto por las dos pantallas en las que será 
retransmitido el acto de Consagración de la Basílica de la Sagrada
Familia. La calle Marina se presenta como un campo de batalla
 simbólica. Por un lado, los devotos se juntan entre sonrisas y 
griteríos alabando al Papa. “¡¡Viva el Papa!!!”, “¡¡¡Beeeee-ne-dic-to!!!”, gritan al unísono mientras chocan sus dos palmas. Aún así, también en algunos balcones pueden leerse los testimonios de los ausentes: “Condoms save lives”,
“Amagueu els nens”, “La verdad os hará libres, la mentira creyentes”, “Papa Anticristo”, “Jo no t’espero”.
A lo lejos aparece una anciana de pelo blanco y de cara entrañable. Camina 
lentamente, desplazándose apoyada sobre algo parecido a un carrito en el que se sustentan dos carteles. Consigo leer: “SANTO PADRE. Ya son diez años
 que estoy pidiendo socorro para protegerme. Usted sabe lo que Dios ha 
cumplido en mi cuerpo: “La profecía de Isaías”. Sabes que estoy
 controlada por satélite, que soy muerta viva y que mi cuerpo está
 violado 24 horas. PIDO AYUDA AL MUNDO ENTERO”. Ella es Mimouna 
Mazougui, una mujer francomarroquí que se presenta a sí misma como 
mártir y fiel sirviente de Dios. A juzgar por lo que cuenta, tiene 
alma de mística. “Estoy programada. Codificada. Me hacen boom con un botón y me 
explotan como las torres de Nueva York”, dice con una lágrima en los 
ojos. ¿Por quién? “Sarkozy, Bush, Israel, la Nasa…me han puesto un 
chip en el cerebro”. ¿Para qué?, pregunto de nuevo. “¡¡Me han puesto un código 
a causa de mi vida espiritual!!”, responde con su voz temblorosa de
 acento francés. Acto seguido me muestra unos mapas del Vaticano. Luego, una tira interminable de certificados de correos. También un
 artículo datado en el 2007 del periódico el Correo Gallego en el que puede leerse: “Una mujer de 77 años peregrina desde Francia con su andador”. Me acerca 
una hoja. Se la firmo.
En la puerta principal de la Monumental me recibe Francisco, el 
conserje de la plaza que habitualmente se ocupa del cuidado de los toros antes de las corridas. El recinto aparece medio vacío. Como mucho, hay unos 6.000 de los 15.000 asistentes que lograron conseguir una acreditación en el arzobispado. Ocupan sólo media esfera de las gradas de la palestra orientada a la más grande de las dos pantallas que coronan el espacio. En el arenal, centenares de sillas reposan en fila. Abundan las banderas españolas, pero también las catalanas. Cruces, banderolas cristianas y vaticanas, posters del Papa, rosarios, evangelios, misales. También familias. Ancianos, 
jóvenes y niños. Muchos niños.
Poco a poco el ambiente se anima. ¡¡¡Oooooooooééé!!! ¡¡¡Oooooooééé!!!
 Gritan los inquilinos de las gradas mientras se levantan en efecto
 dominó con las manos tendidas hacia el cielo. Es la ola ultra
católica. Una communitas perfecta. Dentro de ella, todo son sonrisas, buenas 
palabras y elegantes ropas. Muchos han venido en grupo desde las 
parroquias locales o desde asociaciones católicas como los Legionarios 
de Cristo, la Soberana Orden de Malta, el Opus Dei o el Camino 
Neocatecumental. También abundan los que han venido desde diferentes partes 
del país, como el caso de un grupo de seminaristas diocesanos que afirman
 que “el Papa es bueno porque lo enseña todo con caridad y verdad, y esto nos hace libres”. “El papa es intelectualmente y humanamente un
 genio”. Concluye Raymund, otro seminarista de origen Filipino de veinticinco años.
 
Amalia, una niña de trece años con el rostro pintado de amarillo y blanco comparte este día con sus amigas de un club del Opus Dei de Girona. “Es muy divertido. Montamos a caballo y  hacemos muchas actividades y cosas buenas estando más cerca de Jesús”. Afirma la niña con una sonrisa apacible mientras observa orgullosa la imagen del Papa en la pantalla. “El Papa es un modelo a seguir. Es Jesucristo en la tierra. Y esto es una oportunidad única”, dice, mientras la Plaza entera se alza al unísono entre aplausos y gritos cuando ven subir a Benedicto XVI en el papamóvil. ¿Qué piensas de la homosexualidad? “Esto no está bien. Un hombre y otro hombre no pueden
 hacer nada. Pueden ser mejores amigos, eso sí, pero esto es algo de otro mundo.
 Es contrario a Dios”. ¿Y el aborto? “La gente piensa que una semillita no tiene 
alma. Pero sí tiene y si la matas, pecas porque estas faltando al mandamiento de 
Dios que dice: no mates”.
 
El griterío va aumentando de tono. En el ruedo, se ve a un niño que luce una montera de torero combinada con una bandera catalana. “¡Es…tos son los 2 niños del papa!” grita reiteradamente el grupo de seminaristas latinos mientras señalan a dos de los hijos de la familia Viganego. Piero Viganego, de cuarenta y cinco años, pertenece a la parroquia de la Floresta. Ha venido con su mujer y sus cuatro hijos para gozar de este evento único. “Todo el mundo necesita un padre, sobre todo en estos momentos tan difíciles”. Dice su mujer con voz pausada.
Una fila de curas se dispone a salir por el estribo o callejón, espacio habitualmente reservado a los toreros para refugiarse del animal. Se genera una cola infinita de participantes dispuestos a recibir la comulgación. Algunos de ellos se arrodillan ante el cura. Otros, prefieren cerrar los ojos para sentir la bendición de Dios. “Amén”, concluyen mientras abren la boca para recibir la hostia sagrada.
La hermana María José pertenece a la Obra Misionera Jesús y María de Logroño. Tiene veintinueve años y lleva diez años ejerciendo de monja. También lleva otros tres años trabajando como enfermera en una residencia de ancianos de Zaragoza. “La sociedad ha cambiado y ahora hay mucha ignorancia en el aspecto religioso”, afirma mientras acomoda delicadamente su hábito. “La iglesia se va renovando. Pero despacito. Tiene que ser así, porque cualquier cambio de la iglesia hay que pensarlo muy bien para no dar un paso en falso…porque ahí sí que te juzgan mal”. María José explica sonriente el hecho de que su mejor amiga sea musulmana mientras se diluye entre la multitud no sin antes haberme obsequiado con una reliquia de la Beata María Pilar Izquierdo Albero, fundadora de la Orden de Jesús. “A  los 22 años quedó paralítica, ciega, sorda y con numerosos tumores. Al cabo de diez años curó milagrosamente”. Leo en una estampita de la Orden que anteriormente me dio su compañera.
El papamóvil ha pasado fugazmente pero fuera del recinto la gente continua su festejo. “Noooo…esto no está bien hecho. Lo vas a sacar porque dice lo que tú quieres”. Me dice una mujer al ver que entrevisto a un chico poco convencido de su fe papal. “Si usted quiere dar su opinión…”.”Ya la ves!”, responde orgullosa mientras observa las imágenes de la pantalla. “Mire usted señora, usted tiene la vida resuelta. Nosotros somos jóvenes y que tengamos que pagar el gasto con la crisis que hay…”, le contesta el chico con muy bueno modales.
“Soy del barrio y he venido a ver los acontecimientos. Está todo muy bien hecho. Hay un despliegue enorme de medios. Pero hay una contrapartida y es que se han gastado un montón de dinero aquí habiendo gente que se muere de hambre”, comenta Claude de cincuenta y cinco años, comerciante francés afincado en Barcelona desde hace más de treinta años. “El Papa no es un representante de Dios en la tierra. Es un hombre político elegido por unos obispos que son también hombres políticos”. No muy lejos, Sofía, que ha escuchado el testimonio de Claude, le observa con cara de pocos amigos mientras coloca su mano en uno de los extremos de la boca para que se la oiga mejor. “Viva el Papaaaaaaaa!! ¡¡Sí, sí, síííí el Papa ya está aquí!!”. Claude la mira sonriendo. “Respeto mucho la religión y lo que piensa la gente. He tenido educación católica, pero ahora vivo en el ser humano” (ríe). Pero Sofía lo corta animando a su grupo a unirse con ella. “¡Este Papa como mola esto se merece una ola!” “¡¡Oééééé!!” Gritan todos a su alrededor. La euforia se contagia y Claude desaparece subiendo las cejas entre carcajadas mientras eleva sus brazos en un gesto de impotencia.
“Estoy súper contenta. Tengo aquí todo mi equipo”. Dice Sofía, de veintitrés años e integrante de un club del Opus Dei de Valencia. “¡¡Oééééé!!” Responden en eco sus compañeras mientras alzan al aire una bandera española gigante. “Hay mucha gente que todavía no ha descubierto lo que es la fe cristiana, pero poco a poco, si abre el corazón, la irá descubriendo. Merece la pena”. Concluye. “El Opus Dei es un camino de santidad en el trabajo. Si rezamos y vivimos una vida cristiana, podremos llegar al cielo y ver al señor cara a cara”. Explica con devoción.
La calle presenta ahora una estética desolada. Son casi las 14.30h del mediodía y parece que las tripas empiezan a rugir. Los pocos que quedan, se agrupan ahora en pequeños comités aislados, como un grupo del Camino Neocatecomunal que baila alrededor de un chico que canta al son de una guitarra con una voz rota y afónica, secuela de la anterior descarga emocional al paso del Papa.
En este momento aparece Marco, un chico italiano de unos treinta y largos, que luce una peculiar vestimenta y una bicicleta cargada de cajas con transistores y bolsas. Se define a sí mismo como trotamundos y artista callejero. Viste un gorro de lana y un chaleco de colorines. También una camisa mejicana combinada con unos pantalones al estilo boliviano. “¿Qué piensas de la Visita del Papa?”, le pregunto. “¡Que le zurzan! Tengo dos amigas okupas que las desalojaron por vivir dentro del recorrido del Papa”, dice mientras se queja de las miradas que recibe de un grupo de niños vestidos con camisas Burberrys.  El asfalto deja entrever las huellas de lo que fue una communitas efímera: carteles y panfletos con el rostro del Beato Pontífice, estampitas de la Virgen María y algún que otro condón.

EL RUEDO CATÓLICO
CRÓNICA DE UN DOMINGO HISTÓRICO EN LA CIUDAD DE BARCELONA
por Neus Solà

La ciudad empieza a despertarse con el murmullo de las primeras almas matutinas del barrio barcelonés de l’Eixample. En el ambiente se nota un no-se-qué exquisito que rompe con la normalidad cotidiana. Nadie diría que es domingo. Pero lo es.

Doblo la esquina y se abre el telón. Un extenso cordón 
policial recorre gran parte de la calle Diputació de Barcelona. También hay un comité de personas que minuto a minuto se desparrama a lo largo de las quilométricas vallas que marcarán el paso del Beato Pontífice. Poco a poco la ciudad se tiñe de blanco y
 amarillo, de caras apacibles y ojos brillantes que muestran la 
impaciencia de que algo grande está por llegar. Globos aerostáticos
 que ansían tocar el cielo. Banderolas bicolores empuñadas por manos fervorosas.

“En la Uni verían más normal decir que tomo crack, que ser católico
practicante” dice Guillem, estudiante de ingeniería de veintiún años.
“Hoy en día la cosa más revolucionaria que puedes hacer en el mundo es
 hacerte católico, mucho más que…vamos…ser de ETA”, añade con una 
carcajada su compañero Joan, estudiante de periodismo de dieciocho
años. Tanto Guillem como Jordi y su compañero Ignasi, sienten el
 orgullo de ser uno de los 2.000 voluntarios que participan en el 
evento de la visita papal. Saben que la dualidad de ser joven y
 católico no está de moda por lo que, a menudo, les cuesta confesarse como creyentes por miedo a las reacciones ajenas. “Es muy difícil en el contexto social actual. Pero para mí, la visita del Papa es un hecho histórico”, dice Ignasi con una mueca cómplice
 mientras una mano ajena le devuelve con indiferencia una banderola. “¿Ves?”

En los alrededores de la plaza de toros, la multitud se enmarca dentro
 del espacio impuesto por las dos pantallas en las que será 
retransmitido el acto de Consagración de la Basílica de la Sagrada
Familia. La calle Marina se presenta como un campo de batalla
 simbólica. Por un lado, los devotos se juntan entre sonrisas y 
griteríos alabando al Papa. “¡¡Viva el Papa!!!”, “¡¡¡Beeeee-ne-dic-to!!!”, gritan al unísono mientras chocan sus dos palmas. Aún así, también en algunos balcones pueden leerse los testimonios de los ausentes: “Condoms save lives”,
“Amagueu els nens”, “La verdad os hará libres, la mentira creyentes”, “Papa Anticristo”, “Jo no t’espero”.

A lo lejos aparece una anciana de pelo blanco y de cara entrañable. Camina 
lentamente, desplazándose apoyada sobre algo parecido a un carrito en el que se sustentan dos carteles. Consigo leer: “SANTO PADRE. Ya son diez años
 que estoy pidiendo socorro para protegerme. Usted sabe lo que Dios ha 
cumplido en mi cuerpo: “La profecía de Isaías”. Sabes que estoy
 controlada por satélite, que soy muerta viva y que mi cuerpo está
 violado 24 horas. PIDO AYUDA AL MUNDO ENTERO”. Ella es Mimouna 
Mazougui, una mujer francomarroquí que se presenta a sí misma como 
mártir y fiel sirviente de Dios. A juzgar por lo que cuenta, tiene 
alma de mística. “Estoy programada. Codificada. Me hacen boom con un botón y me 
explotan como las torres de Nueva York”, dice con una lágrima en los 
ojos. ¿Por quién? “Sarkozy, Bush, Israel, la Nasa…me han puesto un 
chip en el cerebro”. ¿Para qué?, pregunto de nuevo. “¡¡Me han puesto un código 
a causa de mi vida espiritual!!”, responde con su voz temblorosa de
 acento francés. Acto seguido me muestra unos mapas del Vaticano. Luego, una tira interminable de certificados de correos. También un
 artículo datado en el 2007 del periódico el Correo Gallego en el que puede leerse: “Una mujer de 77 años peregrina desde Francia con su andador”. Me acerca 
una hoja. Se la firmo.

En la puerta principal de la Monumental me recibe Francisco, el 
conserje de la plaza que habitualmente se ocupa del cuidado de los toros antes de las corridas. El recinto aparece medio vacío. Como mucho, hay unos 6.000 de los 15.000 asistentes que lograron conseguir una acreditación en el arzobispado. Ocupan sólo media esfera de las gradas de la palestra orientada a la más grande de las dos pantallas que coronan el espacio. En el arenal, centenares de sillas reposan en fila. Abundan las banderas españolas, pero también las catalanas. Cruces, banderolas cristianas y vaticanas, posters del Papa, rosarios, evangelios, misales. También familias. Ancianos, 
jóvenes y niños. Muchos niños.

Poco a poco el ambiente se anima. ¡¡¡Oooooooooééé!!! ¡¡¡Oooooooééé!!!
 Gritan los inquilinos de las gradas mientras se levantan en efecto
 dominó con las manos tendidas hacia el cielo. Es la ola ultra
católica. Una communitas perfecta. Dentro de ella, todo son sonrisas, buenas 
palabras y elegantes ropas. Muchos han venido en grupo desde las 
parroquias locales o desde asociaciones católicas como los Legionarios 
de Cristo, la Soberana Orden de Malta, el Opus Dei o el Camino 
Neocatecumental. También abundan los que han venido desde diferentes partes 
del país, como el caso de un grupo de seminaristas diocesanos que afirman
 que “el Papa es bueno porque lo enseña todo con caridad y verdad, y esto nos hace libres”. “El papa es intelectualmente y humanamente un
 genio”. Concluye Raymund, otro seminarista de origen Filipino de veinticinco años.
 

Amalia, una niña de trece años con el rostro pintado de amarillo y blanco comparte este día con sus amigas de un club del Opus Dei de Girona. “Es muy divertido. Montamos a caballo y  hacemos muchas actividades y cosas buenas estando más cerca de Jesús”. Afirma la niña con una sonrisa apacible mientras observa orgullosa la imagen del Papa en la pantalla. “El Papa es un modelo a seguir. Es Jesucristo en la tierra. Y esto es una oportunidad única”, dice, mientras la Plaza entera se alza al unísono entre aplausos y gritos cuando ven subir a Benedicto XVI en el papamóvil. ¿Qué piensas de la homosexualidad? “Esto no está bien. Un hombre y otro hombre no pueden
 hacer nada. Pueden ser mejores amigos, eso sí, pero esto es algo de otro mundo.
 Es contrario a Dios”. ¿Y el aborto? “La gente piensa que una semillita no tiene 
alma. Pero sí tiene y si la matas, pecas porque estas faltando al mandamiento de 
Dios que dice: no mates”.
 

El griterío va aumentando de tono. En el ruedo, se ve a un niño que luce una montera de torero combinada con una bandera catalana. “¡Es…tos son los 2 niños del papa!” grita reiteradamente el grupo de seminaristas latinos mientras señalan a dos de los hijos de la familia Viganego. Piero Viganego, de cuarenta y cinco años, pertenece a la parroquia de la Floresta. Ha venido con su mujer y sus cuatro hijos para gozar de este evento único. “Todo el mundo necesita un padre, sobre todo en estos momentos tan difíciles”. Dice su mujer con voz pausada.

Una fila de curas se dispone a salir por el estribo o callejón, espacio habitualmente reservado a los toreros para refugiarse del animal. Se genera una cola infinita de participantes dispuestos a recibir la comulgación. Algunos de ellos se arrodillan ante el cura. Otros, prefieren cerrar los ojos para sentir la bendición de Dios. “Amén”, concluyen mientras abren la boca para recibir la hostia sagrada.

La hermana María José pertenece a la Obra Misionera Jesús y María de Logroño. Tiene veintinueve años y lleva diez años ejerciendo de monja. También lleva otros tres años trabajando como enfermera en una residencia de ancianos de Zaragoza. “La sociedad ha cambiado y ahora hay mucha ignorancia en el aspecto religioso”, afirma mientras acomoda delicadamente su hábito. “La iglesia se va renovando. Pero despacito. Tiene que ser así, porque cualquier cambio de la iglesia hay que pensarlo muy bien para no dar un paso en falso…porque ahí sí que te juzgan mal”. María José explica sonriente el hecho de que su mejor amiga sea musulmana mientras se diluye entre la multitud no sin antes haberme obsequiado con una reliquia de la Beata María Pilar Izquierdo Albero, fundadora de la Orden de Jesús. “A  los 22 años quedó paralítica, ciega, sorda y con numerosos tumores. Al cabo de diez años curó milagrosamente”. Leo en una estampita de la Orden que anteriormente me dio su compañera.

El papamóvil ha pasado fugazmente pero fuera del recinto la gente continua su festejo. “Noooo…esto no está bien hecho. Lo vas a sacar porque dice lo que tú quieres”. Me dice una mujer al ver que entrevisto a un chico poco convencido de su fe papal. “Si usted quiere dar su opinión…”.”Ya la ves!”, responde orgullosa mientras observa las imágenes de la pantalla. “Mire usted señora, usted tiene la vida resuelta. Nosotros somos jóvenes y que tengamos que pagar el gasto con la crisis que hay…”, le contesta el chico con muy bueno modales.

“Soy del barrio y he venido a ver los acontecimientos. Está todo muy bien hecho. Hay un despliegue enorme de medios. Pero hay una contrapartida y es que se han gastado un montón de dinero aquí habiendo gente que se muere de hambre”, comenta Claude de cincuenta y cinco años, comerciante francés afincado en Barcelona desde hace más de treinta años. “El Papa no es un representante de Dios en la tierra. Es un hombre político elegido por unos obispos que son también hombres políticos”. No muy lejos, Sofía, que ha escuchado el testimonio de Claude, le observa con cara de pocos amigos mientras coloca su mano en uno de los extremos de la boca para que se la oiga mejor. “Viva el Papaaaaaaaa!! ¡¡Sí, sí, síííí el Papa ya está aquí!!”. Claude la mira sonriendo. “Respeto mucho la religión y lo que piensa la gente. He tenido educación católica, pero ahora vivo en el ser humano” (ríe). Pero Sofía lo corta animando a su grupo a unirse con ella. “¡Este Papa como mola esto se merece una ola!” “¡¡Oééééé!!” Gritan todos a su alrededor. La euforia se contagia y Claude desaparece subiendo las cejas entre carcajadas mientras eleva sus brazos en un gesto de impotencia.

“Estoy súper contenta. Tengo aquí todo mi equipo”. Dice Sofía, de veintitrés años e integrante de un club del Opus Dei de Valencia. “¡¡Oééééé!!” Responden en eco sus compañeras mientras alzan al aire una bandera española gigante. “Hay mucha gente que todavía no ha descubierto lo que es la fe cristiana, pero poco a poco, si abre el corazón, la irá descubriendo. Merece la pena”. Concluye. “El Opus Dei es un camino de santidad en el trabajo. Si rezamos y vivimos una vida cristiana, podremos llegar al cielo y ver al señor cara a cara”. Explica con devoción.

La calle presenta ahora una estética desolada. Son casi las 14.30h del mediodía y parece que las tripas empiezan a rugir. Los pocos que quedan, se agrupan ahora en pequeños comités aislados, como un grupo del Camino Neocatecomunal que baila alrededor de un chico que canta al son de una guitarra con una voz rota y afónica, secuela de la anterior descarga emocional al paso del Papa.

En este momento aparece Marco, un chico italiano de unos treinta y largos, que luce una peculiar vestimenta y una bicicleta cargada de cajas con transistores y bolsas. Se define a sí mismo como trotamundos y artista callejero. Viste un gorro de lana y un chaleco de colorines. También una camisa mejicana combinada con unos pantalones al estilo boliviano. “¿Qué piensas de la Visita del Papa?”, le pregunto. “¡Que le zurzan! Tengo dos amigas okupas que las desalojaron por vivir dentro del recorrido del Papa”, dice mientras se queja de las miradas que recibe de un grupo de niños vestidos con camisas Burberrys.  El asfalto deja entrever las huellas de lo que fue una communitas efímera: carteles y panfletos con el rostro del Beato Pontífice, estampitas de la Virgen María y algún que otro condón.


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¿Qué es youdoc?

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Youdoc se concibe como un contenedor de propuestas documentales que apuestan por hibridar disciplinas y formatos.


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